dieciséis toneladas de hormigón nostálgico
- Ángel Vega
- 19 sept 2016
- 6 Min. de lectura
—Me quedé petrificado en aquella esquina a la que nunca llegaste. Plantado, a mis tiernos doce años, sobre Calzada México Tacuba y avenida Cuitláhuac, me acuerdo bien. La Secundaria Federal Número 3 donde estudiábamos el segundo año era una pila de escombros humeantes. En la parada del trolebús dejé mi niñez enterrada: tu ausencia y los relojes de la ciudad, detenidos justo a las 7:19, fueron su lápida y epitafio.
—Imposible acudir a la cita, con media ciudad destruida. El cielo era una nube de polvo gris y en los oídos me zumbaban mil sirenas, claxonazos de coches, gritos. Me urgía regresar a mi casa antes de que mi mamá se diera cuenta de que había faltado a clases para irme de pinta contigo a la matiné. Imagínate, en ese momento tan desgraciado eso era todo lo que me preocupaba.
Ramírez permanece en silencio. No está seguro, luego de ese inverosímil reencuentro. No puede creer que la mujer frente a él sea, en efecto, la persona que dice ser. ¿Es la misma ninfeta pubescente (a la manera de Nabokob, a quien leían ávidamente en la clase de redacción del segundo año), la de los incipientes senos (y por esa razón perfectos) y las nalgas ya pronunciadas y bien firmes, la protagonista de todos los maratones masturbatorios de su generación, imaginarios o reales?
—Lo que no puedo creer es que en verdad seas la misma Natalia que se negó a ser mi novia, porque en el segundo año de secundaria yo era un ser invisible, un cero a la izquierda, un equis con los pelos tiesos de vaselina y el cutis lampiño lleno de barros.
—La verdad no recuerdo haberme negado. Ni siquiera me acuerdo que alguna vez me hayas pedido que fuera tu novia. Sólo se me quedó grabada tu invitación al cine, hecha con mucha ternura y educación, eso sí, algo muy difícil de encontrar entre los muchachos de la secu, en serio. Te dejé la contestación escrita en una hoja de cuaderno dentro de tu pupitre para que la encontraras al recoger tus cosas, antes de irte a tu casa. No sé ni por qué acepté. Apenas te conocía y ni siquiera nos hablábamos. Pero presentía que algo comenzaba con aquella inocente propuesta tuya...
—No era para nada inocente mi propuesta de ese entonces...
—Es decir, que podía haber algo, si eras capaz de lanzarte a mí en esa forma tan audaz. Tal vez hubieras podido ser mi primer amor, ¿quien podía decirlo? pero se nos atravesó el maldito terremoto.
Lo que ninguno de los dos sabía en aquel momento era que el desencuentro producido aquel día fatal sería sólo momentáneo. Aunque tuvieran que pasar muchos años, demasiados para darse cuenta que la vida es capaz de unir a las personas de maneras extrañas. Obligándolas a bordear abismos antes de estrellarlas de frente y sin piedad, una contra la otra, por ejemplo. No en vano habían salvado aquella grieta que partió sus vidas en dos, abiertas por los trepidantes 8.1 grados en la escala de Richter justo en el epicentro de la adolescencia, resquebrajadura que creyeron definitiva, pero que sólo duró hasta el ¿feliz? reencuentro propiciado por el efecto cucaracha. ¿A dónde podían haber ido a parar, sino a una escala más en este incierto itinerario llamado adolescencia? Roberto Ramírez suponía que la anécdota era básicamente la misma para todos los que sobrevivieron a ese cataclismo cebado sobre suelo defeño, acerca del cual, por cierto, todavía no se había filmado ningún documental fehaciente, uno que no maquillara las cifras de muertos y la negligencia del gobierno, ni tampoco alguna película, un drama con desastre de fondo que mereciera la pena ser visto. De aquel episodio conservaba más preguntas que respuestas, más oscuros que claros, más lágrimas que risas, y hasta para repasarlo en sus recuerdos prescindía de las partes más manoseadas por la historia oficial, las que arrancaban justo a las 07: 19: 47 de aquel funesto 19 de septiembre. Pero nunca perdía de vista que la historia inconclusa entre él y Natalia tenía una variante macabra que estaba entre lo romántico y lo grotesco, pues aquel día todo el mundo los creyó muertos. Muertos y juntos, cuando no deberían estar de una forma ni de la otra.
Ramírez piensa si será real esa charla, si de verdad proviene de su pasado aquella presencia femenina rotunda y excitante. Si deberían estar así, juntos de nuevo sin haberse extrañado nunca, siquiera, sin una historia en común, salvo la anécdota enmarcada por una catástrofe que tal vez impidió algo, o tal vez nada. Se pregunta si será verídica la coincidencia descabellada que los reunió de nuevo, o si ella es tan sólo una impostora que encontró la manera de usurpar un recuerdo petrificado bajo dieciséis toneladas de hormigón nostálgico. Porque esa cifra no es aleatoria ni tampoco corresponde a la estrofa de una canción, sino a una frase que le escuchó decir a un bombero cuando por fin consiguió volver hasta los restos de lo que había sido su escuela. Había vuelto porque pensó que su padre lo buscaría ahí, ¿o no? pues se suponía que el chamaco se encontraba iniciando su horario de clases. No había más en dónde buscar, salvo que no fuera bajo los escombros de los edificios derrumbados. «Pobres chavos», decía el tragahumo, llorando por el polvo mientras paleaba escombros, como en un estado de sonambulismo, o más bien de shock. «En un segundo les cayeron encima como dieciséis toneladas de hormigón. Ni cuenta se dieron qué les pasó. Por eso nadie grita».
Y él, egoístamente aunque sin plena consciencia de ello, sólo sentía que algún día le invadiría algo parecido a la nostalgia al recordar que un terremoto le había saboteado la cita con Natalia.
Los recuerdos fluyen y la conversación prosigue en el interior de un auto viejo. Es un modelo Impala de los setentas, tal vez. De esos armatostes que parecen ataúdes rodantes, rectangulares, pintados de colores adustos, con ribetes cromados en los costados y las esquinas. Está estacionado afuera de la fiesta que sigue su marcha frenética en el departamento de Alejandra. El pretexto para la borrachera, esta vez, había sido el suicidio de Kurt Cobain, líder de Nirvana.
—¿Y si estamos muertos? Qué tal si nos morimos los dos en el terremoto y no nos dimos cuenta?
—Entonces no podríamos hacer esto —dijo él, al tiempo que le pellizcaba un pezón. Lo sintió erecto. Tenía la forma y consistencia de una gomita azucarada, pero no achacó su firmeza al frío. También él estaba excitado. Ella se sobresaltó y castigó el atrevimiento con un manazo amistoso.
—Mejor volvemos adentro —dijo Natalia —. Te vas a buscar un problema con tu novia la-esposa-del-subteniente...
—Y a ti te puede cachar tu novio, el viejito raboverde del señor Heredia —contraatacó Ramírez.
—Por eso hoy no lo traje... pero los demás ya deben estar preguntándose por qué no hemos regresado de comprar las botellas —dijo ella.
—Ahorita nadie se acuerda de nosotros —respondió él, muy seguro.
—¿Sí? Pues espérate a que se les acabe la reserva de tu socio el milico. Vas a tener que echarle la culpa al clima. Mira nomás qué aguacero.
—Eso sería un pretexto demasiado común. Y yo no soy para nada común —dijo Ramírez.
—Exactamente. Supongo que hay que ser de una pasta muy especial como para andar acostándose descaradamente con la mujer de un militar, sobre todo en estos tiempos. Pero, ¿sabes? a muchos les parecería más bien la pose de algún revolucionario de banqueta. De esos a los que tanto criticas.
—No critico, sólo opino. Estoy muy lejos de ser un revolucionario. Lo que hay entre Alejandra y yo no es una postura ideológica, es lo que es. Y el que ella tenga un marido militar es sólo una coincidencia, un accidente de la vida.
—No existen las coincidencias ni los accidentes en la vida. ¿Acaso crees que el habernos reencontrado después de tantos años es fruto de la simple casualidad?
Continúa lloviendo. Beben por turnos de una misma botella de ginebra, a bocajarro. Los vidrios se empañan y emborronan más el esfuerzo de traer recuerdos. Convierten todo lo que está afuera en innecesario y trivial. No hace falta que algo sea real, ni siquiera verosímil, cuando sólo se precisa un esfuerzo de la imaginación constructora de mitos para asegurarse un pasado, un gran evento común en sus vidas que les sirve para validar aquello quieren proyectar hacia su futuro inmediato. Juntos, otra vez. «Las piedras rodando se encuentran». Es el título de la más reciente canción del «Tri» que suena desde el departamento. De los acordes grunge de «Smells like teen spirit» pasaron de pronto a los alaridos de Alex Lora. El rock urbano nacional llega mezclado con risas estridentes de los invitados que estallan, luego de remansos apacibles hechos unas veces de murmullos, y otras, de misteriosos silencios prolongados. Y resulta que hoy, tantos años después de aquel episodio del sismo, ambos, como piedras rodantes en el camino del destino, habían vuelto a chocar. O al menos así lo parecía.
—Mira qué cosas, Natalia —dijo Ramírez mientras la lluvia caía sin cesar y ellos permanecían entrelazados en el asiento trasero del viejo auto, casi desnudos pero ocultos por los cristales empañados debido a la transpiración y los jadeos. —Parece ser que esto era inevitable.
Luces, cámara...
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